lunes 25 de agosto de 2008

¿Estás aguardando por aquel soñado príncipe azul?

Ese viejo cuento de hadas que nos contaban antes de ir a la cama sólo es puro cuento. Yo sé porque te lo digo.

Recuerdo muy bien algunos de los cuentos que leía de niño. En el mágico universo plagado de ilusión y fantasía figuraban desde ‘El gato con botas’ hasta ‘La Bella durmiente’ o ‘Blanca Nieves’. Precisamente fueron estos dos clásicos escritos por el francés Charles Perrault y los alemanes hermanos Grimm, los culpables que en algún momento muchos de nosotros hayamos soñado, o estemos soñando aún, en que se pueda producir aquel romántico encontrón y revolcón en brazos de aquel anhelado príncipe azul.

Llámenlo huachafo, rosa, folletinesco o culebrón mejicano; pero es así como sucedieron las cosas.

En estos días pensar en algo parecido puede sonar bastante utópico, fuera del tiempo y del espacio, no práctico y hasta estresante. Más de uno lo considerará una pérdida de tiempo, búsqueda que trae consigo bastante desgaste emocional. Pensar ahora en castillos medievales, hadas poderosas o apuestos caballeros con capa y espada al romántico estilo Disney sonará bastante prehistórico sobretodo cuando vemos a nuestros sobrinos jugar a Naruto, Dragon ball y demás engendros nipones.

Díganme si es que alguna vez no se les pasó por la mente hallar aquel perfecto espécimen de hombre o de mujer, al que con sólo mirarle a los ojos y el resto sepamos que es el indicado. Seguro imaginaste que algún día podrías casarte y ser feliz para siempre. Incluso quizá imaginaste poder encontrar a tu media naranja en un bar o disco de ambiente, no pierdes nada intentándolo al paso que te diviertes un poco moviendo el esqueleto. En esta vida cualquier cosa puede suceder.

En mi caso para nada imaginaba verme como el protagonista de una sufrida historia de amor sino como un pata buscando a otro pata. Eso sí, a los ocho años me preguntaba por qué no habían escrito una historia con dos hombres que se aman y punto. Encontré la respuesta tiempo más tarde porque a mis dieciséis años allá por los ochenta época de Soda Stereo, cuando recién terminé el colegio, pensaba hallar un chico tan idóneo con todas esas cualidades de un hombre súper guapo como los que se echaba al hombro o a otras partes más la entonces díscola princesa Estefanía de Mónaco y le tenía una envidia de padre y señor mío una ojeriza que pa que cuento, yo miraba por todos lados preguntándome cuál de los tantos que me gustaban reunía tan exigente currículo como para ser el tipo especial, el amor verdadero. ¡Dios mío, el amor verdadero!, ¿existe?

No lo encontré por esa época de uniforme gris y continué buscando, al tiempo que mantenía relaciones efímeras y furtivas. Hasta que catorce años en el 2001 después creí por fin tener frente a mí al definitivo. ¡Eureka, me gané la tinka!, exclamé sin dudarlo. Siempre dije que las cosas nunca ocurren por nada y con él no me quepó duda alguna que los hechos una vez más me lo confirmaban. La vida es una ruleta de aciertos y desaciertos, en la que se gana o se pierde; pero se aprende. ¿Suma de casualidades o un juego del destino? No importa, lo que importa es que lo viví a fuego completo y exquisito. Como debe de ser.

Conocí al primer hombre de mi vida en noche de brujas, esta vez el conjuro de Halloween sí que surtió efecto después de tantos ensartes, cuando ambos esperábamos la llegada del bus que nos condujera al norte. El retraso en la salida jugó de manera decisiva para que después de tan larga espera nuestro gaydar tuviera el tiempo suficiente de no permitir errores. Yo me lancé primero y él correspondió muy sonriente. Sonrisas traviesas, miradas penetrantes, conversa placentera. En mi ex, la armonía estética e intelectual conformaban una dualidad exacta, al menos eso me transmitió desde el primer instante. Guapo e inteligente, para que más pedir.

A los tres días y ya de nuevo en la capital no tardaron en llegar las invitaciones a salir fuera: teatro, cine, restaurantes, paseos turísticos, bohemia nocturna, discotecas, parques y playa. Momentos y más momentos para compartir y disfrutar al máximo. Había un cúmulo de sensaciones, emociones y sentimientos en común. Buena persona, buen amante y pareja, un ejemplar en extinción. Sentí que no me equivocaba al entregarme por entero y que iba por buen camino. Nuestras vidas tenían tanta semejanza en cuanto a decepciones, alegrías y tristezas, estábamos hechos, según yo, el uno para el otro. No sé cuanto tiempo sea el necesario para conocerse y es que un mes me pareció suficiente para considerarlo el hombre de mi vida, el príncipe azul. Enamorado al cien por ciento, soy de los que apuestan el todo o nada.

Sé que no tengo la sabiduría ni de mi abuela ni de mi madre. Ojalá un día la tenga. Ellas, créanme, nunca se equivocan en los consejos que nos dan. Eso de ‘caras vemos corazones no sabemos’ es aplicable para lo que me pasó. Yo esperé mucho, él prometió demasiado. La luna, el mar, las estrellas, es un puro cuento chino. Mi padre muy practico dijo ‘cuando alguien no te quiere no te quiere, que se le hace pues’. Luego de tanta pasión y amor, la llama del fuego se apagó. Hubo no poco dolor y pena, el sufrimiento me hizo más fuerte y me preparó para lo siguiente. Me di cuenta que él no sería ni el último ni el primero y que habría más funciones adelante que ya se las contaré en otra entrega.

Mi dizque príncipe azul partió cabalgando hacia otras monturas con un ex que todo el tiempo estuvo allí cual malvado antagónico de culebrón mejicano o la sombra a mis espaldas, pero yo luego de algunas lágrimas me declaré soltero e independiente de nuevo, total hombres hay un montón ¿no? No perdí las ganas de toparme con futuros aspirantes. Y es que para dar con el hombre correcto haz de pasar varios casting, la experiencia es lo que v
ale ya lo sabes. Y este puede llegar en caballo, moto, carro, avión o lo que sea con tal que llegue no más.