miércoles 24 de septiembre de 2008

ENAMORÁNDOSE DE UN HETEROSEXUAL: De cómo llegue a fijarme en alguien que no era para mis ojos.

Heterosexual: Hombre que siente atracción por el sexo opuesto. Si es hombre sentirá gusto por una mujer, y si es mujer por un hombre. Gay: Hombre que liga con un hombre o mujer con una mujer. En este último apartado figuramos nosotros, los del club... pero, ¿qué sucede cuando uno mira hacia el lado incorrecto? Lo normal es que se busque dentro de un grupo en común. Un grupo con las mismas preferencias, porque al fin y al cabo la cuestión es mantener sintonía con alguien que sabe lo que tú eres. Al menos eso fue lo que leí en las revistas y páginas web gay.

Debo confesarlo, yo había hecho hasta el momento lo que el manual decía y mis amigos me aconsejaban; pero nadie es perfecto en este vasta tierra de Dios porque yo, al igual que muchos en el mundo, me enamoré de un heterosexual.
El gay que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Lo primero que esgrimiré a mi favor es el tantas veces repetido nadie escoge de quién enamorarse. Porque nadie tiene programado en el disco duro de su cabeza el nombre, la identidad sexual, el día, la hora y la fecha en que el jodido Cupido te flechará sin misericordia ni remordimiento alguno.

Díganme si no es cierto, ¿acaso ningún chico del colegio se fijó alguna vez en un straight? Claro del dicho al hecho hay un largo trecho. Puedes echarle un buen vistazo, jugarte, fantasear y si él quiere tal vez ir a la cama. De allí a enamorarte e incluso quererlo, NO. Terreno peligroso.
Complicada empresa en la que me metí; pues en lugar de zafar cuerpo decidí darle con todo. "Retroceder nunca rendirse jamás" era mi lema y seguí para adelante. Soy individuo de retos y amante de lo difícil; así que en vista que la situación prometía le hice caso a mi corazón y no a mi cerebro. Más de uno hubiese visto esta embarazosa situación como un vacilón, un experimento o un juego placentero. Yo lo tomé de forma seria, ese fue mi error. Teniendo conocimiento de causa y rompiendo el famoso dicho 'no mezclar negocios con placer', inicié la carrera hacia el abismo, pero después me di cuenta de ello. Ambos trabajábamos en la misma área dentro de la agencia de publicidad, yo era redactor creativo; él, diseñador gráfico. Congeniábamos en más de una cosa, desde nuestra opinión política hasta el placer gastronómico por la pizza. La única y pequeña diferencia: él tenía novia; yo aún estaba dentro del closet. En mi caso, vivía solapa y caleta aparentado ser un tipo del resto. Salíamos con las chicas del trabajo y ante las insinuaciones de emparejarme sólo atinaba a sonreír y actuar para evitar las murmuraciones.

Mi pareja y yo habíamos roto por lo sano hace no mucho tiempo y estaba totalmente libre. De a pocos me fui enamorando; y él ni siquiera por asomo se imaginaba que su compañero de labores fuera gay. O tal vez lo sospechaba y se hacía el tonto. ¿Acaso estaba fallándome mi gaydar?
Eso ya no importa, lo que importa es que me daba signos inequívocos: miradas largas, sonrisitas cómplices, abrazos y toques de mano entusiastas (estás advertido si pasas por lo mismo). Yo los recibía y le correspondía con la misma intensidad. Me ganaba con sus efusivas demostraciones de afecto que no era para todos en la oficina. Derroche con el cual yo subía al nirvana de la felicidad. Cuando lo quería fastidiar él se dejaba, e incluso me enojaba si no me prestaba atención. ¿Pero cuándo uno sabe que el otro es gay? A veces nos equivocamos. Puede sucederle a cualquiera.

Y acabé por enamorarme hasta el cuello, que digo, a quererlo no como a un amigo sino como a un hombre. Era la primera vez en mi vida que no podía decir un simple 'te quiero'. No me atreví, pese a que parecía ser tan open mind, a revelarle mi verdadera preferencia. Quizá siendo honesto con él hubiera ganado más; sin embargo, me faltaron agallas y pese a sentirme de tripas corazón corté por lo sano, antes que el mar se desbordara tragándome por completo.
Afortunadamente él supo entender mi alejamiento, con mi distancia y frialdad se dio cuenta que ya nada volvería a ser como antes. Y que no podía actuar conmigo al igual que con su novia. No diré que no se sufre y que no duele. Meses después seguí las recomendaciones de los expertos, fijé mis ojos en la dirección correcta, salí de mi encierro gradualmente con mis amigos de siempre y con quienes sabía iban a entender lo mío. Suelto en plaza lancé mi puntería en el camino indicado y antes de seguir avanzando con quien me gustaba, le hacía ver a ese posible amante o pareja el tipo de baile que danzaríamos juntos. El consejo: siendo nosotros un porcentaje aproximado del 10% de la población mundial fijémonos en un tipo de nuestro mismo equipo. Y ten por seguro que ganarás.